Mirar hacia adentro: Francesca Woodman

 

Self-deceit #1. Francesca Woodman, 1978.

 

Hay fotografías que retratan personas, pero quizá lo que intentan es mostrar lo que ocurre dentro de ellas.

En este autorretrato, Francesca Woodman coloca un espejo apoyado contra un muro. Fuera del reflejo vemos su cuerpo en movimiento, apenas reconocible, casi desvaneciéndose. Dentro del espejo aparece su reflejo con una nitidez inesperada. No parece la misma persona; no porque el espejo la transforme, sino porque ambas imágenes parecen hablar de dos formas distintas de existir.

Woodman siempre estuvo interesada en esa frontera donde la identidad deja de ser una apariencia para convertirse en una pregunta. Sus autorretratos rara vez buscaban mostrar un rostro, sino explorar la relación entre el cuerpo, el espacio y la forma en que habitamos el mundo. Por eso sus fotografías nunca parecen ofrecer respuestas, más bien nos obligan a permanecer frente a ellas el tiempo suficiente para empezar a hacernos preguntas. Y quizá una de ellas sea cuánto de nuestra vida transcurre intentando responder a expectativas ajenas.

A veces ocurre que pasamos años aprendiendo a encajar, descubriendo qué versión de nosotros resulta más aceptable, qué emociones conviene ocultar, qué partes de nuestra personalidad es mejor suavizar para no incomodar. Tal vez es que poco a poco dejamos de vivir desde lo que somos, para empezar a hacerlo desde lo que creemos que los demás esperan de nosotros.

Y tal vez ese sea el verdadero autoengaño al que alude el título de esta fotografía. No mentirnos sobre quiénes somos, sino acostumbrarnos tanto a interpretar un personaje que terminamos confundiéndolo con nuestra propia identidad.

Por eso hay lugares que nos hacen sentir extraños, por más conocidos que sean y cuando hemos pasado mucho tiempo en ellos. Lugares donde el cuerpo está presente, pero nuestra persona comienza a desaparecer. Espacios que exigen adaptarnos constantemente hasta convencernos de que pertenecer es más importante que ser.

Y existen otros lugares donde sucede exactamente lo contrario: no nos obligan a cambiar, sino que nos permiten aparecer. Hay vínculos capaces de sacar nuestra mejor versión no porque nos transformen, sino porque dejan de exigirnos una transformación permanente. El amor más sano no consiste en corregir aquello que somos, sino en construir un espacio donde ya no haga falta esconder ninguna parte de nosotros para sentirnos amados.

Quizá por eso esta fotografía me hace pensar que la identidad no sólo se encuentra únicamente frente a un espejo, porque éste puede devolver una imagen, pero difícilmente devuelve una verdad. Las respuestas importantes aparecen cuando somos capaces de sostenernos la mirada sin desviar los ojos. Cuando dejamos de buscar nuestra explicación en aquello que elegimos hacia afuera y empezamos a reconocer que también somos las decisiones que tomamos, los lugares donde permanecemos, las personas con quienes nos sentimos vivos y aquellas de las que decidimos alejarnos.

No somos una colección de fragmentos, sino una historia que se va unificando con cada experiencia que elegimos vivir conscientemente. Y cuando algo pareciera dejar de tener sentido, quizá el viaje nunca haya sido hacia otro lugar, quizá siempre ha sido hacia nosotros mismos.

En esta fotografía de Francesca Woodman, no encuentro un espejo, sino una invitación a dejar de observar únicamente un reflejo vacío, para empezar, por fin, a mirarnos completamente hacia adentro. Porque cuando dejamos de buscarnos únicamente en el reflejo de los demás y empezamos a encontrarnos en nuestra propia mirada, también aprendemos a elegir con mayor claridad los lugares, los vínculos y la vida que verdaderamente nos hacen sentir más vivos.

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