Elliott Erwitt y el beso californiano
California kiss, 1955.Elliott Erwitt — Magnum Photos
A veces creo que vivimos como si las personas fueran infinitas, como si el mundo estuviera lleno de futuros posibles, de encuentros repetibles o de amores intercambiables. Como si eso que a veces dejamos pasar pudiera volver a presentarse de otra forma, en otra ciudad o en otra circunstancia. Pero, no sé, creo que la vida rara vez funciona así. La vida es sólo una bajo el sol.
Y entonces, Elliott Erwitt parece decirlo sin necesidad de tantas palabras:
Un beso aparece reflejado en el retrovisor de un coche. Todo lo demás es el mar, el horizonte y una luz que parece deshacerse sobre el agua. Seguramente Erwitt estaba dirigiendo la mirada hacia el paisaje, pero creo que entendió que lo verdaderamente extraordinario estaba ocurriendo en ese pequeño lugar.
Quizá vivir también consista en aprender a reconocer esos instantes, porque hay momentos que duran apenas unos segundos y, sin embargo, terminan organizando el resto de nuestra existencia.
A veces pensamos que habrá otra conversación, otro viaje, otro abrazo, o quizá otro beso. Confiamos demasiado en la abundancia del tiempo y sólo después descubrimos que ciertas personas no eran una posibilidad entre muchas, sino que eran una excepción.
Conectar profundamente con alguien es una de las cosas más improbables que pueden ocurrirnos. No porque existan pocas personas, sino porque muy pocas veces dos historias, dos tiempos, dos heridas y dos maneras de mirar el mundo consiguen encontrarse de verdad.
Quizá por eso también es tan difícil congelar eso en fotografías.
No es suficiente con estar ahí, sino reconocer el instante antes de que desaparezca.
Elliott Erwitt no fotografió un beso, sino el momento exacto en que dos personas dejaron de defenderse del mundo para existir, aunque fuera por un instante, únicamente el uno para el otro.
Tal vez el amor nunca haya sido la promesa de permanecer para siempre, sino la certeza de que hay encuentros que ocurren una sola vez.
Y que una sola vez basta para aceptar la forma en que entendemos la vida.