Sally Mann: candy cigarette

‘Candy Cigarette’, Sally Mann. 1989.

A veces pasa que el tiempo no corresponde al ritmo en que la vida nos ocurre. Creo que la velocidad en que cada situación se nos revela es mucho mayor a la capacidad que tenemos de gestionarla.

Algunas veces tendemos a determinar que casi todo pertenece a la infancia, a esos primeros aprendizajes; otras lo arrojamos hacia la adultez, sin terminar de definir a qué tiempo corresponden nuestras experiencias, cuando en realidad pertenecen a un sólo lugar: uno mismo.

Hay un momento en la vida —justamente entre la infancia y la adultez— que se comporta como un territorio breve donde empezamos a mirar el mundo con otros ojos y, al mismo tiempo, comenzamos a preguntarnos cómo nos mira el mundo a nosotros. En Candy Cigarette, Sally Mann parece detener exactamente ese instante.

Una niña sostiene un cigarro de dulce entre los dedos con una naturalidad desconcertante. Su postura recuerda la de un adulto, su expresión parece contener preguntas que todavía no han aterrizado. A un lado, otra niña permanece de espaldas, observando a una tercera figura que juega sobre unos zancos, suspendida entre el suelo y el aire, como si todavía habitara por completo el territorio de la infancia.

Creo que esta es una fotografía que habla sobre el tiempo. Sobre esa velocidad con la que dejamos de jugar para empezar, casi sin darnos cuenta, a interpretar un papel dentro del mundo. Porque antes de ser adultos, todos ensayamos la adultez, la imitamos y nos atrevemos a proyectarnos a destiempo. La aprendemos observando. Imitamos las manos de nuestros padres, la forma en que cruzan las piernas, la manera en que sostienen un cigarro, una taza de café o una conversación. Aprendemos gestos mucho antes de comprender su significado. Y en ese proceso absorbemos no solamente las virtudes del mundo adulto, sino también sus contradicciones, sus miedos y sus heridas.

La personalidad empieza a construirse mucho antes de que podamos explicarla, por eso creo que la infancia merece una mirada distinta. No una mirada ingenua que la reduzca a un lugar feliz o a uno inocente, sino una mirada profundamente respetuosa. Porque mientras los adultos solemos pensar que los niños simplemente están jugando y seguimos infantilizándolos, ellos están haciendo algo mucho más importante: están aprendiendo cómo se habita el mundo.

Cada juego es una conversación con el futuro; cada imitación es un cuestionamiento para ver qué se siente; y cada silencio es una forma de intentar comprender aquello que todavía no puede decirse con palabras. Quizá por eso Sally Mann nunca fotografió a los niños desde arriba, con la cámara en picado hacia abajo. Nunca los trató como personas incompletas, sino que los fotografió como seres humanos atravesando uno de los momentos más decisivos de su existencia.

Hay una enorme diferencia. Pues la infancia no es el prólogo de la vida, sino es una parte completa de ella, quizá la más importante de todas. Y la adolescencia es ese puente donde conviven todas las emociones al mismo tiempo. Donde el cuerpo crece con una velocidad que desconcierta, mientras la identidad intenta alcanzarlo. Donde empezamos a descubrir los límites de lo que sentimos, rebotando entre el deseo de pertenecer y la necesidad de seguir siendo nosotros mismos.

Tal vez por eso esta fotografía sigue siendo tan poderosa y una de mis favoritas. Pues me recuerda que todos fuimos ese niño o esa niña intentando parecer mayores, convencidos de que crecer nos llevaría hacia un lugar mejor. Y, de alguna forma, esa esperanza también formaba parte de la inocencia.

Quizá crecer no consista en abandonar a ese niño y dejarlo a su suerte

Y quizá más bien consista en cuidar que nunca deje de caminar con nosotros.

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Dos helados derritiéndose bajo el sol.