Dos helados derritiéndose bajo el sol.

New Brighton, England, 1983-85 © Martin Parr / Magnum Photos

Dos niños están de pie en una banqueta mientras sostienen un helado que claramente ya va perdiendo la batalla. Ambos tienen la cara embarrada, la ropa manchada y pequeñas gotas blancas que han terminado sobre el piso. La niña sostiene un muñeco desgastado mientras mira directamente hacia la cámara. El niño parece distraído por algo fuera de cuadro. Detrás de ellos aparece un kiosco victoriano, algunas personas sentadas disfrutando la tarde, la línea azul del paseo marítimo y, a la distancia, un pequeño faro que apenas se distingue en el horizonte. En la esquina inferior izquierda, el rojo intenso de un automóvil entra en escena y termina de equilibrar la composición.

Es una fotografía llena de pequeños acontecimientos y, sin embargo, parece hablar de algo muy sencillo: dos niños viviendo plenamente un momento muy acorde a su edad. El mundo de los adultos existe alrededor de ellos, pero todavía no les pertenece, quizá ni siquiera es visible. Sus preocupaciones son otras. Terminar el helado antes de que se derrita, así de simple. Sin importar qué está pasando unos metros más allá. Hay algo profundamente auténtico en esa forma de habitar la vida, sencilla y al mismo tiempo tan llena de futuro.

La imagen forma parte de The Last Resort (1983-1985), la serie que Martin Parr realizó en New Brighton, una ciudad costera inglesa que durante aquellos años atravesaba un fuerte periodo de transformación económica y social. Mientras el Reino Unido cambiaba bajo las políticas de Margaret Thatcher, y muchos antiguos centros vacacionales de la clase trabajadora comenzaban a deteriorarse, Parr decidió dirigir su atención hacia las playas, los paseos marítimos, las familias, los turistas y los rituales cotidianos del verano.

Pero esos grandes temas políticos pertenecen sólo al mundo de los adultos. Los niños siguen comiendo helados. Siguen ensuciándose la ropa. Siguen riendo, llorando y creciendo. Lo hacen en tiempos amables y también en tiempos difíciles. Quizá por eso estas fotografías funcionan tan bien: porque detrás del contexto histórico siguen hablando de cosas que reconocemos inmediatamente: porque las hemos vivido.

Fue también en esta serie donde Parr consolidó el lenguaje visual que terminaría convirtiéndose en una de sus firmas más reconocibles. Utilizó película a color intensamente saturada y un flash directo, frontal y aparentemente simple, que iba en contra de buena parte de las reglas del documental tradicional de la época. El flash hacía estallar los colores, resaltaba las texturas de la piel, intensificaba los objetos cotidianos y volvía visibles todos esos pequeños excesos de la vida diaria que normalmente pasan desapercibidos, aterrizando en una estética indudablemente hiperrealista.

No buscaba embellecer la realidad, mucho menos romantizarla. De alguna forma buscaba limitar su belleza convencional para revelar otra cosa: lo extraño, lo absurdo, lo divertido y lo profundamente humano que habita en la vida cotidiana. La luz de Parr no suaviza, expone. No esconde, revela.

Por eso The Last Resort fue tan polémica y tan influyente. Algunos la consideraron una burla a la clase trabajadora. Otros entendieron que Parr estaba haciendo algo mucho más complejo: mostrar la condición humana con una mezcla muy particular de ironía, ternura y humor.

“I realised pretty early on that controversy didn’t do you any harm.”


Quizá por eso es uno de mis fotógrafos favoritos y ésta es una de mis fotografías favoritas. Porque detrás de toda la teoría, detrás de la historia de la fotografía y detrás de las discusiones sobre el documental contemporáneo, hay algo profundamente sencillo: dos niños disfrutando un helado hasta las últimas consecuencias.

Así debería ser la infancia: con manchas en la ropa, con la cara llena de helado, con juguetes arrastrándose por el suelo, y con mucho tiempo para perder el tiempo.

A veces olvidamos que todos fuimos esos niños, pero siguen ahí, escondidos en alguna parte de nosotros. Y tal vez por eso esta fotografía me conmueve tanto. Porque recuerda que antes de convertirnos en adultos preocupados por parecer correctos, también supimos vivir así: con las manos pegajosas, el corazón ligero y el mundo entero reducido al tamaño de un helado derritiéndose bajo el sol.

Y porque los niños serán los adultos mañana. Los mismos que algún día verán a otros niños correr, ensuciarse, reír y hacer exactamente lo mismo.

Ojalá nunca olvidemos respetar esa parte de ellos.
Ni de nosotros.

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